El gas natural se utiliza como combustible en vehículos desde hace más de 50 años, en forma de gas natural comprimido (GNC) o licuado (GNL). A través del mundo circulan más de un millón de vehículos que lo utilizan, y que producen hasta un 50% menos de emisiones de CO2 y un 80% menos de óxidos de nitrógeno (NOx) que los vehículos accionados con gasolina o gasoil.
Las propiedades físico-químicas del metano hacen de este gas un excelente combustible debido a su bajo índice de contaminación atmosférica, y al bajo impacto acústico de los motores.
La utilización más eficiente del gas natural en vehículos se obtiene con motores de ciclo Otto. Estos motores requieren, únicamente, una modificación en el sistema de encendida. Para motores de ciclo Diesel el uso de gas natural solo es posible si se mantiene una inyección parcial simultánea de gasóleo para provocar la ignición por compresión. La proporción de gasóleo acostumbra a ser de 9/1 y puede variar en función del régimen, del sistema de regulación y del propio sistema de inyección del gasóleo. Se trata pues de una solución de doble combustible simultaneo denominado “dual-fuel”.
El uso del gas natural requiere de una infraestructura propia. En el caso del GNC, hace falta una estación de recarga equipada con un compresor que aumente la presión del combustible hasta 200 bares y que los vehículos estén equipados con dispositivos adecuados para soportar esta presión. En el caso del GNL, la estación ha de estar equipada con un material que soporte temperaturas bajo cero (criogénico), para evitar la evaporación del gas, y los dispositivos han de estar diseñados para soportar una presión de 5 bares. La autonomía conseguida es un poco inferior a la de los combustibles líquidos y ha de tener en cuenta el incremento de peso de los cilindros.