Al margen de la forma en que ha sido obtenida, la electricidad se vuelca a un tendido y a una compleja red de cables eléctricos, con el objeto de distribuirla entre todos los consumidores. Como la energía eléctrica no puede ser almacenada en grandes cantidades –sí en pequeñas cantidades, mediante las pilas, las baterías y los acumuladores–, ha de ser producida constantemente para que puedan ser atendidas todas las demandas.
Estas líneas unen de forma permanente los centros de producción y los puntos de consumo, de manera que den servicio a la totalidad de los habitantes del país. En aquellos casos en los que la vivienda o la industria se encuentra muy alejada de la red principal, puede ser más económico producir la electricidad a través de otros métodos que no necesitan de una conexión permanente, como con sistemas eólico-fotovoltaicos apoyados por baterías o generadores que utilicen combustibles y gases de origen fósil.
Ahora bien, no toda la red eléctrica tiene las mismas características –sección del cable, soporte del tendido, etc.– sino que cambian a medida que el voltaje disminuye al acercarse a su lugar de destino. La tensión se eleva cuando sale de la central de producción para reducir al máximo las pérdidas en el transporte. Si llegase en las mismas condiciones hasta el usuario, quemaría todas las instalaciones eléctricas. Así pues, tiene que ir reduciéndose progresivamente su tensión, mediante estaciones de transformación, hasta alcanzar el voltaje con el que funcionan los aparatos electrodomésticos o los diferentes tipos de máquinas industriales.